Kirchnerismo y relato

por Nicolás Lavagnino

¿Dónde mueren los relatos? Donde los trayectos se transfiguran en un contubernio de hierros y tendones, frutos sangríos de un bólido a destiempo, ruidos insomnes tras el fin de las palabras. Parece que al fin se ha probado lo evidente: es imposible engañar a tantos por tanto tiempo. En teoría, para quien vive del relato una cosa es la vida y otra el relato. Y el kirchnerismo es como una fuga en perspectiva, manipula lo cercano para proyectar lejanías (click aquí para seguir leyendo).

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Un año de FIDES

Con espíritu alternativo al Cambalache discepoleano, nacimos hace un año diciendo “no da lo mismo”.

Durante este tiempo, compartimos la alegría del triunfo y la consolidación de algunas de las políticas que apoyamos y que acaso hayan encontrado su máxima y más simbólica expresión en la reciente recuperación de los hidrocarburos, pero también compartimos la decepción ante algunas insuficiencias. Se ha hecho mucho, queda mucho por hacer. Podríamos ofrecer largas enumeraciones para poner a un lado y otro de la balanza, el desbalance a favor sigue siendo importante. Y lejos, muy lejos de lo pesable, aparecen cuestiones que son auténticos imponderables: el dolorosísimo estrago de Once, de ser puesto en la balanza destruiría todo fiel.

Sin orden establecido y sobre casi todo, las palabras intercambiadas y escritas se fueron sumando. Sin prisa, pero sin pausa. Al cabo de un año, nos presentamos en sociedad en un evento, llevamos a cabo un considerable número de discusiones internas –nuestras modestas ágrafa dógmata–,  y constituimos un nada desdeñable corpus fideisticum que, nos consta, es profusamente leído. Gracias a nuestros lectores, gracias a los que han escrito por todos. Fides, la Palabra dada, ha servido para repensarnos como hablantes, construir y deconstruir relatos, desarticular espúreas alternativas.

La palabra dada

A veces nos gustaría formar parte del Cambalache. En el conjunto grisáceo de lo revuelto, lejos de destacarse como singulares, la Biblia y el Calefón se desdibujan. Pero no da lo mismo. No nos da lo mismo. Elegimos exponernos, sacarnos un poco el polvo y ponernos en la vidriera. No es fácil. No llevamos las de ganar, no sumamos nada en la cuenta académica. Muchos ojos atentos evalúan, algunos con mucho respeto otros no tanto, si todavía estamos dispuestos a brindar nuestra palabra.

Aquí estamos, mucho hemos dicho, mucho queda por decir.

 

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La ‘magia’ de Beatriz Sarlo

por Federico Penelas

 En un país como la Argentina, donde el juego nacional es el truco (un juego de naipes de envites), ser conscientes del carácter performativo del lenguaje es parte de nuestra identidad colectiva. A tal punto sabemos que se hacen cosas con las palabras que, pícaros (¡cuándo no!), hemos aprendido a esbozar un furtivo “Turco” (en lugar del decisivo “Truco”) con el afán de que el engañado se deschave. Lo interesante de esos casos es que no sólo nos revelan que hacemos (o fingimos que hacemos) cosas con palabras, sino, más importante, que hay cosas que sólo se hacen con  palabras. Todo aquel que prometió casamiento, luego dijo “Sí, acepto” frente a un juez y finalmente bautizó a su prole, sabe que esos tres cambios radicales en la ontología hasta entonces vigente (surgimiento de una promesa, de una nueva instancia de la institución social matrimonial y de la nominación de un ser humano) requirieron de alguna fórmula lingüística enunciada por alguien en algún momento determinado bajo ciertas condiciones.

Esto no lo discute nadie (aunque la dimensión del fenómeno no terminó de hacerse carne en el campo intelectual académico hasta que en los 60 se publicaron los escritos del autor inglés John L. Austin). Mayores discusiones suscita la idea de si los conceptos, las categorías, las clases, prefiguran a un lenguaje que debe representarlos/as para ser perspicuo, o si el lenguaje mismo (o, más bien, las comunidades lingüísticas al hacer uso de un determinado lenguaje histórico) es(son) el (las) instaurador(as) de los(as) mismos(as). Aquí la bibliografía filosófica se torna campo de una batalla no saldada.

Así, los efectos del lenguaje sobre la ontología, sobre lo que hay, no es materia de mayores disputas. Lo que se debate es el alcance de ese influjo.

Algunas de estas cosas le fueron recordadas en diversos medios a Beatriz Sarlo a propósito de su nota “La ‘filosofía del lenguaje’ K” publicada en La Nación (http://www.lanacion.com.ar/1456937-la-filosofia-del-lenguaje-k). En dicho artículo, la ensayista hacía dos cosas: primero analizaba críticamente (y con lucidez a mi juicio en algunos, no en todos, de los puntos allí consignados) un intercambio discursivo desarrollado durante un acto oficial entre la Presidenta y una ciudadana jujeña; luego se ocupaba de acusar a la Presidenta de sustentar su acción política en una versión radical del performativismo lingüístico. Es a propósito de esa segunda parte del texto que algunos comentaristas cuestionaron a Sarlo por haber olvidado enseñanzas elementales de Austin y otros (http://tiempo.infonews.com/2012/04/01/editorial-71880-la-filosofia-del-lenguaje-k.php ). Es verdad que la autora le cuestiona a la Presidenta el hecho de creer justamente en la obviedad que nos fuera advertida por dicho autor: que el lenguaje tiene “el poder de producir los acontecimientos”. Pero no es factible atribuirle a la respetada académica semejante ignorancia. Seguramente, además, alguna vez habrá jugado al truco, y con eso basta para vivir en el cuerpo la lección austiniana. En realidad la acusación de Sarlo es más esperpéntica: le atribuye a la Presidenta pensamiento mágico (“lo que se nombra, automáticamente, pasa a existir: abracadabra”, “según la filosofía del lenguaje K, la lengua es mágica”). Es allí donde yo me quiero detener.

Hace más de setenta años el filósofo vienés Ludwig Wittgenstein cuestionó fuertemente el abordaje de ciertas culturas realizado por el antropólogo escocés James Frazer en su clásico La rama dorada. El cuestionamiento de Wittgenstein era que dar cuenta de ciertas prácticas ajenas no requiere describir a quienes las desarrollan como adherentes a determinadas creencias. La atribución de pensamiento mágico justamente lo que hace es explicar ciertas conductas presentando al agente de las mismas como teniendo creencias alejadas del sentido común o de las mejores teorías científicas disponibles. Sin embargo no hacemos eso con nosotros mismos. No nos atribuimos creencias telepáticas a la hora de besar la foto del amado, ni creencias animistas al patear el suelo cuando nos enojamos. Simplemente hacemos esas cosas, sin creencias estrambóticas que las sustenten. El mal antropólogo, pensaba Wittgenstein, es aquel que atribuye creencias mágicas sin mayor evidencia que la de presenciar prácticas sociales muy diferentes de las nuestras, aunque igual de extrañas.

La lección que podemos extraer de aquellas observaciones wittgensteinianas es que detrás de buena parte de las atribuciones de pensamiento mágico suele haber ignorancia o, en el peor de los casos, mala fe. Hay ignorancia cuando el que atribuye no toma conciencia de que no hace lo propio consigo mismo. Hay mala fe cuando, consciente, sostiene la asimetría en la explicación de la conducta propia y de la extranjera.

¿Cuál es la conducta presidencial explicada por Sarlo a través de la hipótesis del pensamiento mágico? Básicamente que la Presidenta habla de lo que ella quiere, o, para ser más específicos, que no habla de lo que no quiere. Sarlo ensaya una explicación primera en términos tácticos: “los acontecimientos que se consideran desfavorables y sobre los que no se tiene preparada una argumentación merecen el silencio”. Y luego se despacha con la conjetura mágica: “lo que no se nombra no existe”. La explicación inicial es una interpretación no caritativa. El mismo fenómeno podría ser descripto (para ser criticado, si se quiere) en términos de disputa por la hegemonía de la agenda mediática, discursiva, simbólica. El texto ofrece los elementos para dar ese giro cuando dice: “la Presidenta tiene dos estrategias discursivas: el silencio y el monopolio”. Pero el artículo se concentra en el tema del silencio -y lo reconduce al tema de la magia- sin explayarse sobre el otro término del par mentado. Una manera de poner en relación ambos conceptos para explicar la conducta presidencial podría ser esta: se calla la palabra de los monopolios, se habla de otra cosa, no de la agenda impuesta. Sarlo no es caritativa, no discute esa estrategia (podría hacerlo) sino que explica el silencio deslindándolo del monopolio: se calla lo que no conviene o no se sabe. Una ventaja de la explicación elegida (la que deshecha la apelación al monopolio) es que adoptar la otra explicación (la que podría ofrecerse aludiendo a tácticas en la pugna por la hegemonía) obliga a ponerle el sayo a todos los actores políticos: no tener una estrategia mínima acerca de qué temas deben ser el eje de los debates en el foro público es suicida y perjudicial para aquellos a quienes uno pretende representar. Pero no, Sarlo no elige esa línea, la calla; impone su propia agenda: la de asignarle al otro en cuestión ya sea falta de valentía ya sea ignorancia. Ella también juega el juego hegemónico, y lo juega con destreza, entre otros modos, callando lo que no se ajusta a la agenda que le parece justo imponer. Por ejemplo, callando que la Presidenta hace lo mismo que ella, como todos. Por ejemplo aludiendo a que la Presidenta calla el tema inflacionario pero callando que la Presidenta en su último discurso frente a la Asamblea Legislativa mentó sin dar mayores excusas uno de los principales “acontecimientos desfavorables” no resueltos por el modelo: el empleo en negro. Sarlo lo calla porque su agenda es otra. No sería caritativo explicar el silencio de Sarlo aludiendo a que no sabe cómo enfrentar discursivamente esos acontecimientos. Lo razonable es explicarlo en función de su propia estrategia en la lucha hegemónica.

Ahora bien, Sarlo da un paso ulterior en la explicación de los silencios y le atribuye creencias mágicas a los kirchneristas: “La palabra ‘inflación’ hace subir los precios”. El comportamiento conducente a no seguir una línea discursiva impuesta, propio de todo agente político que merezca ser considerado autónomo, es reducido pues (a la hora de ser considerado cuando lo ejerce el adversario) no sólo a efecto de la cobardía o de la ignorancia, sino también a fruto de una trasnochada “filosofía del lenguaje” (así, entre comillas) atravesada por la idea de asignarle a las palabras el poder de los encantamientos y los hechizos.  Sarlo parece así cometer el desliz que Wittgenstein le criticaba a Frazer: asignar creencias bizarras frente a conductas análogas a las propias para las cuales no se adopta la autoatribución de bizarría. Ignorancia o mala fe era el diagnóstico que el legado wittgensteiniano nos dejaba a la hora de evaluar a quien cometiese esa imprudencia explicativa. No cabe, una vez más, asignarle tal tipo de ignorancia a una ensayista de fuste como Beatriz Sarlo.

Hay quien podría protestar señalando que el recurso a la magia es una humorada, un guiño a los lectores que a esta altura ya esperan ese tipo de intervenciones denigratorias. Seguramente sea así. Pero entonces la distancia con las canciones de Carlos Barragán en el –según dichos de ella- “descerebrado y estúpido” programa 678 es nula. Sospecho que la comprobación de esa nulidad es lo que más perturbaría el circunspecto sueño de la profesora.

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Malvinas: la posguerra que aún no fue

por Verónica Tozzi

Hoy, a 30 años de la aventurera invasión y posterior enfrentamiento en Malvinas, es una ocasión para reflexionar sobre la representación de la única guerra internacional que nuestro país emprendió en el siglo XX contra una potencia militar. La guerra involucró  a soldados argentinos no profesionales de 18 a 20 años, con una causa legítima bajo un gobierno ilegitimo y que terminó en una derrota. Hoy se nos presenta una oportunidad para recuperar nuestras experiencias, reescribir los relatos envejecidos y participar activamente en el debate político y académico sobre esta página crucial de nuestra historia reciente. Mi intervención en esta ocasión tiene como fin posicionarme junto a aquellos (pocos) que promueven  más debate e investigación sobre Malvinas y su representación en la historiografía, el arte y las políticas de la memoria (click aquí para seguir leyendo).

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24/3

por Claudia D´Amico

En 2003 el Congreso de la Nación derogó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida por iniciativa del Presidente Néstor Kirchner. Al mismo tiempo se reabrieron los juicios, en tanto que la justicia comenzó a declarar inconstitucionales los indultos por crímenes de lesa humanidad que habían cometido los militares durante la última dictadura. Las causas comenzaron a reabrirse… Esa realidad presente, resultaba un contexto adecuado para que se estableciera en 2006 el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, por la ley 26.085.

Se ha escrito mucho sobre el tema de la Memoria durante el siglo XX. Reflexiones sobre el Holocausto por antonomasia y sobre nuestro propio holocausto.

En esta ocasión quisiera demorarme en un texto extemporáneo. Uno de los primeros análisis que aportó la filosofía sobre la memoria, el del libro X de las célebres Confesiones de Agustín de Hipona:

 

“…vengo a dar con los anchurosos campos y vastos palacios de la memoria. En ella se encuentran los tesoros de las innumerables imágenes que los sentidos aportaron de toda clase de cosas. Allí, recóndita, está cualquier cosa que pensemos, ya sea aumentando, ya sea disminuyendo, ya sea aun modificando lo percibido por los sentidos y cualquier otra imagen encomendada a ella y depositada en ella, mientras no la haya absorbido y sepultado el olvido. Cuando estoy allí, pido que se me presente lo que quiero. Algunas cosas vienen al momento, otras hay que buscarlas con más tiempo y sacarlas de una suerte de receptáculos más secretos. Hay otras, en cambio, que irrumpen en tropel…”

 

La memoria necesariamente distorsiona, magnifica, minimiza, resignifica, pone por delante algunos hechos, mantiene otros en una especie de secreto que por serlo no es olvido, sólo desplazamiento. Todo el análisis agustiniano de la memoria tiene un único objetivo: toparse con la propia identidad, lo que denomina memoria de sí (memoria sui). Tal memoria permite, para Agustín, decir “yo” porque aparece unificando la totalidad de  la experiencia interior. Sin embargo, tal memoria no es sólo recuerdo sino que es proyecto hacia el futuro, memoria como expectativa que permite volver presente lo esperable. Aquello que deseamos para mañana, es evocado como presente. Como tal la memoria sui sólo es ahora: el pasado y el futuro carecen de densidad ontológica,  ante nosotros se encuentra únicamente el presente entendido como presencia. El análisis de la memoria se desliza necesariamente hacia la pregunta por el tiempo. El tiempo, más allá del que miden los relojes, dice Agustín, es  la distensión del alma, esa posibilidad de extendernos a modo de fuelle anclando en la identidad de la presencia.

 

No tiene otro objetivo dedicar un día nacional a la memoria, más que el reconocimiento del  sí mismo como colectivo. “Me tienen harto con la dictadura….”, “demos vuelta la página” es, en el mejor de los casos, considerar la memoria como el regreso al pasado. El Día Nacional de la Memoria no es más que toparnos con nosotros mismos presentes, reconocer nuestra identidad,  proyectarnos hacia lo esperable.

 

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Formas de la apoliticidad tras la nevada

Reflexiones en torno a El Eternauta.

por Federico Penelas

Desde hace muchos años se viene leyendo en clave política la historieta El Eternauta con guión de H. G. Oesterheld y dibujo de F. Solano López. La cumbre de dicha lectura parece haber sido consolidada por la militancia de la juventud peronista que ha creado recientemente la extraordinaria imagen de El Nestornauta, figura que surge a partir de una creciente repolitización de la sociedad civil. El propósito de este ensayo será discutir la mencionada interpretación política, sin por eso cuestionar la eficacia de la síntesis simbólica generada en la representación de Kirchner enfundado en el traje impermeable del personaje del gran cómic nacional. El ensayo, sin embargo, sí polemizará con quien pretenda fundar dicha eficacia en aquella clave de lectura (click aquí para seguir leyendo).

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Declaración de FIDES sobre el estrago de Once

La muerte violenta de 51 trabajadores en las vías del ferrocarril es un hecho que no puede sino producir consecuencias profundas en un movimiento que se pretende nacional y popular. Es la macabra confirmación de que hubo  y hay allí un nudo menemista que, a diferencia de otros nudos análogos (Corte Suprema, enjuiciamiento de los crímenes de la dictadura, sistema previsional, paritarias, etc), el gobierno no ha sabido, no ha podido o no ha querido desactivar (con sospechas, incluso, de que -por complicidad, ineficiencia o desidia- lo consolidó aun más).  Las denuncias de diversos sectores anunciando la posibilidad de estragos como los acaecidos el miércoles en la estación de Once no fueron atendidos por la empresa a cargo del servicio, ni por los funcionarios gubernamentales a cargo del control de la misma, ni por la Secretaría de Transporte, ni por buena parte de la sociedad, especialmente aquellos que apoyamos pública y firmemente al gobierno y no pusimos los énfasis pertinentes en la necesidad de la pronta desarticulación de esa trama noventista en el servicio ferroviario. La deuda de nuestro movimiento es, pues, enorme, especialmente porque la apuesta por (y el éxito en) la reactivación económica y el crecimiento del empleo en el contexto de la persistencia de la centralización laboral en el área metropolitana requiere un servicio de transporte público acorde con la realidad de la clase trabajadora. No haber avanzado lo mínimo en esa dirección es inadmisible.

A los votantes del proyecto que se inició en 2003, y especialmente a nosotros, quienes hemos puesto nuestra palabra en apoyo del Gobierno, no nos cabe el artilugio de desarticular nuestra propia responsabilidad por no haber exigido lo suficiente. “No me defrauden porque yo los voté” es asumir una actitud de una pasividad impropia de la recuperación de la política que venimos festejando se haya producido en los últimos años en la Argentina. Nuestro compromiso tiene que ser con, desde la humildad de nuestra propia (por más mínima que sea) responsabilidad, la exigencia permanente de: investigación hasta las últimas consecuencias; clarificación de todo lo que se hizo y de todo lo que no se hizo en los últimos años para el mejoramiento del servicio de ferrocarriles; castigo a los responsables empresariales y políticos; elaboración de un plan ferroviario sustentable que conduzca a la completa desprivatización del sistema y a poner el mismo al servicio del bienestar de los trabajadores, mucho más allá del valioso sostén de los precios populares del pasaje por parte del Estado. No hacerlo sería contradictorio con el modelo. Estamos convencidos de que el  colectivo que respalda a, y se encarna en, el Gobierno Nacional es la única fuerza que posee los recursos ideológicos y políticos para que este imperdonable “tarde” no se transforme en “nunca”. Nuestra responsabilidad es levantar estas banderas dentro del movimiento de manera inclaudicable.

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