A no escandalizarse

por Carolina Fernández

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A no escandalizarse. Los hechos de los últimos 15 días podrían mover a ello. La espectacular promoción de una “investigación periodística” sobre un supuesto caso de corrupción dejó expuesta la dimensión de una maquinaria mediática dominada por intereses opositores primariamente corporativos y solo secundariamente partidarios en la dinámica de la política nacional, cuyo eje reciente han sido el cacerolazo y manifestación callejera opositores al gobierno nacional. El fracaso igualmente espectacular y casi inmediato de aquella operación mediática, debido al arrepentimiento de los arrepentidos, mostró cómo esa maquinaria de espectacularización, escenificación y montaje de la realidad franquea los límites entre grupos empresariales, entre política y farándula y, por supuesto, entre realidad y ficción, y aspira a erigirse en un sujeto autogobernado, con capacidad para intervenir en la política nacional de un modo más efectivo que cualquier político, partido, corporación o colectivo social.

 

.El pueblo se pronuncia Tamborini

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En otro registro, puede resultar vergonzoso que la dirigente política probablemente más desprestigiada y desquiciada de la última década siga logrando aparecer como la guía y numen de las acciones opositoras y encolumnar tras de sí a buena parte de la oposición partidaria. Nuevamente, las operaciones de espectacularización de la política y el debate público llegan a causar una sensación de tragicómica amargura, cuando una acusación pública de esa misma dirigente hacia la Corte Suprema de Justicia por un supuesto pacto con el PEN para aprobar la reforma judicial han motivado en horas recientes la reacción de dicho poder del Estado con toda la fuerza de un documento público unánime, lo cual significa el quiebre inédito del bloque ideológico-corporativo del que participa la diputada y varios miembros de ese poder –incluido, conspicuamente, su presidente.

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El fenómeno de los dos últimos cacerolazos es, sin duda, complejo y ha sido analizado de un modo múltiple y rico que no pretendemos superar aquí. Es evidente que, en buena medida, ha respondido a una exacerbación mediática de proporciones casi inéditas. Se ha señalado su componente económico y clasista, y se ha recordado que el origen de la práctica cacerolera se remonta a las protestas de las señoras acomodadas de Santiago de Chile contra el gobierno de Salvado119r Allende, en la preparación del movimiento golpista que culminó con Augusto Pinochet en el poder. Sin embargo, en algún punto parece que los reclamos, el discurso y la emotividad de la marcha irradiaran a sectores no acomodados, produciendo ese conocido efecto por el cual los sectores sociales medios resultan catalizadores, marcadores de tendencia y directrices sociales, más allá de su representatividad social y económica efectiva del conjunto de la sociedad. Pero también se puede reconocer que, desde el punto de vista de su emotividad colectiva, la marcha y el cacerolazo han expresado un profundo y muy humano sentimiento: la impaciencia. Todo se trata, más allá de la espuria y abyecta manipulación a que la someten, de que una significativa parte de nuestra sociedad carece de capacidad para esperar. Esperar que los mecanismos institucionales pertinentes establezcan si efectivamente tiene fundamento ese lodo envolvente y viscoso con el que se acostumbra hoy en día a ensuciar verbalmente, casi sin mediación del pensamiento, a gobernantes y políticos. Esperar que los mecanismos institucionales para dirimir si, a su vez, los encargados de determinar esas responsabilidades están enlodados por el mismo lodo que deben limpiar; viciados de los mismos vicios que deben castigar. (En democracia y república, ya se sabe, no hay afuera: el rey y Dios –que alguna vez fueron lo mismo– han desaparecido de la escena y no contamos con un deus ex machina que pueda venir a restituirnos la confianza perdida en nosotros mismos).

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Esperar ese largo trayecto que comienza con la lenta Trincheray trabajosa construcción de herramientas de acción política y cívica serias y duraderas, asciende hasta la superficie visible del sistema electoral y logra la aprobación de la voluntad popular. Esperar ese fastidioso trance que comienza con la detección de los problemas más concretos de la vida en común, sigue con la discusión colectiva de sus soluciones, la instrumentación de lo decidido, la angustiosa espera de sus resultados, la revisión de los errores, la nueva discusión sobre cómo enmendarlos… Todo esto, evidentemente, da mucho trabajo y contrasta brutalmente, por sus largos tiempos, con la dinámica breve, la casi inmediatez de nuestro mundo tecnológico: la sensación de insatisfacción, desencuentro y extrañamiento se exacerba y la espiral se potencia; se hace urgente encontrar chivos expiatorios. Por cierto, no es casual que sean los más favorecidos de nuestra sociedad, los que necesitan en menor medida de la construcción de herramientas de colaboración, cooperación y construcción colectivas (desde las acciones gremiales hasta las barriales, pasando por los movimientos sociales), quienes resultan en mayor medida como arrobados por una especie de narcisismo, por el cual uno se cree productor de toda su buena suerte y felicidad, y atribuye a los otros, al Estado y a la política todos sus males. No se trata, por supuesto, de desconocer las dificultades del mismo Estado para responder con agilidad y eficacia las múltiples y crecientes demandas de una sociedad felizmente viva y conciente de sus derechos, ni la comprensible frustración que ello provoca en la ciudadanía. El punto en que el reclamo de la marcha se vuelve pueril es cuando se revela sistémico; cuando se convierte en una repulsa por derecha al sistema de representación.

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El contra-discurso kirchnerista respondió, como lo viene haciendo, con una articulación cada veImpacienciaz más consistente de argumentos: dentro, claro está, de su propio y asentado repertorio de valores, conceptos y símbolos, que colisiona con muchas de las tendencias conservadoras más profundas y antiguas de nuestra sociedad. Pero victimizarse puede ser el peor error en política. Un buen ejemplo es la cuestión de la inflación: hacerle ver a la gente que el gobierno no es productor, sino víctima de los poderes monopólicos que controlan la cadena de precios no redunda en una comprensión más clara de la naturaleza de las disputas en juego, sino en una nueva victimización del gobierno que “algo está dejando de hacer, que podría y debería hacer” para revertir el problema. Por eso, no hay que escandalizarse ante el sainete político nacional. Tampoco, sorprenderse por la efectividad de los recursos de control de la opinión pública: no ya por la evidente disparidad de potencias entre el complejo opositor-mediático y el sistema de medios del Estado, que funcionan, a esta altura, como garantía de la existencia de una voz alternativa y, en ese sentido, de cierta libertad de prensa cuya agresión, paradójicamente, se atribuye al gobierno. La crisisTampoco, por el hecho más profundo de que el discurso del Estado (que es “el del gobierno”) permanezca desprestigiado por definición, corroído en su credibilidad pública por décadas de neoliberalismo. De seguro, estos fenómenos socio-mediáticos se atribuirán parcialmente, con más o menos razón, a errores comunicacionales o de estrategia política del gobierno; lo cierto es que la dimensión del descontento y sus modos de expresión no pueden responder a ellos, sino a la naturaleza de los desafíos que el gobierno ha asumido al impulsar una serie de reformas en la cultura política, económica y social de la Argentina. Por caso, el quiebre del eterno ciclo de puja distributiva, presión devaluatoria y ajuste final, y las duras y políticamente costosas medidas de freno a la fuga de capitales y batalla contra la cultura del atesoramiento en dólares. Por eso y por mucho más…

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A no escandalizarse. En los días posteriores a la entronización del cardenal Jorge Bergoglio como papa de la Iglesia Católica, dos miembros de FIDES, Federico Penelas y Nicolás Lavagnino, publicaron sendos textos de reflexión sobre la significación de la noticia. Los cybercomentarios que recibió en particular el primero de los textos son burdas descalificaciones al autor o al grupo en general, o reconducen de modo forzado su casi inexistente argumentación a la cuestión de la adhesión al kirchnerismo. SCiencia y reproducciónimilares comentarios recibió FIDES en sus inicios, además de acusaciones de arribismo político y académico. Nuestro órgano de prensa “El pingüino…” surgió, efectivamente, como expresión de apoyo a la reelección de CFK pero, más ampliamente, de nuestro compromiso, como trabajadores de la filosofía en el marco del sistema académico y de investigación de la Argentina, con un proyecto nacional y popular. En lo sucesivo, FIDES no respondió sino con más discusión y argumentos, intentando pensar la política y la cultura argentinas con herramientas argumentativas y discursivas propias de nuestra formación. Pero ante las acusaciones gratuitas, es hora de destacar cuán claro ha quedado, después de un tiempo, que no somos un proyecto político-académico, sino un espacio de reflexión y discusión; es hora de señalar a quien haya seguido nuestros textos, que pertenecemos a diversas cepas filosóficas, ideológicas y aún políticas. No responder es, claro, más elegante. Bastará con señalar, entonces, que con escasas excepciones (que oportunamente hemos agradecido), la tónica de los comentarios a los textos publicados en “El pingüino…” responde a la misma cultura del odio discursivo y la impunidad del anonimato que dominan los intercambios en el espacio virtual por estas épocas. Pero, repetimos, no nos sorprendemos, no nos victimizamos ni nos escandalizamos, y como tampoco somos un blog de actualidad que corre detrás de la última novedad, sino que intentamos hilvanar nuestro propio hilo de discusiones, será preciso recoger las reflexiones publicadas recientemente aquí.

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En Hacerse papista”, Federico Penelas plantea, como tesis fundamental, que el ascenso de Bergoglio al papado representa una novedad absoluta de la política global y local. No se trata, ya, de la obvia y señalada significación de trasladar la institución más antigua y aún vigente de la humanidad, desde el centro del poder global, a la periferia latinoamericana. Se trata de que, precisamente a causa de la debilidad institucional y política característica de nuestros países, el empoderado pueda adquirir un peso e influencia en la política local de los que carecería si su país de origen fuera una de las potencias políticas y económicas globales. Uno de los puntos altos del texto es su análisis del fenómeno de la “papamanía” que se observó en los recientes días de la entronización de Francisco como un ejemplo de la valoración de nuestra proverbial “viveza criolla”. Por lo pronto, señala el autor, semejante euforia no constituye un regocijo propiamente religioso; tampoco puede reducirse a una previsible exaltación patriotera; hay, además de todo ello –y aquí radica la fineza de su análisis–, esa suerte de complicidad colectiva con quien, se considera, logró el éxito gracias a su “viveza”, una cualidad diferencial de los argentinos. La simulación, y también en cierto modo la elusión del castigo legal, dos de los tres rasgos con que el autor caracteriza esta propiedad argentina, parecen evidenciarse en la trayectoria de Bergoglio, especialmente a raíz de su actuación durante la dictadura cívico-militar de los ’70. La explícita reivindicación del derecho de la Iglesia a intervenir como una de las corporaciones conductoras de la vida argentina resulta, asimismo, el rasgo evidente de su política desde 2003, como bien surge del repaso de Penelas. El texto del autor remata con el avizoramiento de un panorama local dominado por la incógnita de si el kirchnerismo logrará eludir una candidatura presidencial de Scioli como sucesor del proceso iniciado en 2003, pero al mismo tiempo evitar la articulación final de un bloque antikirchnerista de derecha con el mismo Scioli a la cabeza, en ambos casos, con Francisco como uno de sus referentes simbólicos.

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Contrariamente a lo que interpretan varios de sus comentaristas, el texto no constituye una reivindicación de la política del kirchnerismo hacia la Iglesia: de hecho, le cuestiona, además de no promover el aborto, no haber dado la batalla contra el sector eclesiástico en virtud de su complicidad con la dictadura. Sin embargo, me parece que la única manera de encarar esa batalla era impulsar el enjuiciamiento a los eclesiásticos involucrados en el genocidio, en punto a lo cual no podemos dudar de que los organismos de derechos humanos y familiares de víctimas del mismo hayan agotado los esfuerzos por procesar a eclesiásticos, en los casos en que hubiere elementos probatorios. Tampoco creo que el texto reivindique la “viveza criolla” como una virtud ni que se la atribuya al kirchnerismo, si por ella entendemos los dos rasgos mencionados; sí el primero: “improvisar permanentemente, especialmente en situaciones de infortunio”. Esto se vincula con una manera de entender la acción política a la cual me referiré más adelante.

Blanco y negro

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El análisis peneliano de la “papamanía” me resultó tan atractivo como sorprendente. Me cuesta creer que esa multitud que se alegró por el papa argentino efectivamente perciba que se trata de un personaje de dudosa conducta moral en el pasado y que aún así o precisamente por dicha conducta festeje su éxito; más bien me parece que Bergoglio ha sabido rodearse de un halo de dignidad y gravedad (todo lo contrario de la mentada “viveza”), abonado por un discurso que sintetiza lo más clásico del lenguaje papal: fustigar unos males cuya indeseabilidad nadie cuestionaría (la corrupción, la falta de valores, etc…: el famoso “a dónde hemos llegado…”) pero sin exponerse personalmente, es decir, evitando siempre identificar a quiénes se refiere o a quiénes acusa, de modo de ponerse por encima de todo y todos. Precisamente, el tipo de discurso al que Néstor Kirchner decidió quitar autoridad cuando dejó de asistir al Tedeum capitalino.

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Todo vaticinio sobre la política de Francisco era inevitablemente conjetural en el momento cero de su entronización pero se irá haciendo más y más verosímil a medida que corra el tiempo y el lenguaje de los símbolos dé paso al de las acciones (por otra parte, el papado es prácticamente una institución que se fundamenta toda entera en símbolos; más precisamente, en símbolos escritos: “Tú eres Pedro…”). Siendo generosos, la mayor audacia de Francisco llegaría a ser una política más o menos efectiva de humillación de la Iglesia, es decir, de austeridad en la propia institución o de preocupación por la pobreza y la desigualdad en el mundo, o incluso de moralización de las estructuras sacerdotales, eventualmente revirtiendo la tradicional cobertura corporativa a la pedofilia. Todo ello, a cambio de no resignar las banderas más duras de la ortodoxia eclesiástica, como la permanencia del celibato obligatorio, la condena al aborto y, al mismo tiempo, a toda política de anticoncepción, etc.. ¿Cuáles serían las hipotéticas consecuencias, para la sociedad, de esta hipotética política? Es especialmente interesante el hecho de que tanto el texto de Penelas como el de Lavagnino, y el de muchos otros lúcidos textos que sobre este tema ha publicado la prensa de calidad en la Argentina, se sitúan en una perspectiva en la que esta pregunta tiene sentido: una perspectiva en la que la Iglesia y sus avatares políticos siguen siendo de interés para los que no formamos parte de esa peculiar sociedad fundada por Cristo con la simple pronunciación de aquellas palabras, “Tú eres Pedro…” En aquella, la más optimista de las hipótesis sobre la política futura de Bergoglio/Francisco, la menos beneficiada sería sin duda la propia Iglesia; en cuanto a la sociedad, sería necio decir que no podría beneficiarse con la renovación, siquiera parcial, de una institución cuya presencia es innegable a pesar de la secularización del mundo y el avance de los cultos alternativos. El punto clave es si esa transacción entre el reformismo en lo externo y el conservadurismo en lo interno (¿el acto final de “viveza”?) habrá de requerir la intervención directa en la política interna de la Argentina o en la geopolítica latinoamericana, es decir, el punto clave del planteo peneliano: si verdaderamente el ascenso de un papa argentino tendrá consecuencias excepcionales para la política interna de la Argentina. Va en ese sentido, por ejemplo, la tapa del diario La Nación del pasado domingo 14 de abril, que atribuye a Francisco una credibilidad del 98 % entre los argentinos.

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Más allá de si el papa considerará necesario convertirse en el esperado articulador de un bloque de derecha con pretensiones reales de disputar el poder a CFK, la pregunta fundamental que cabe hacerse es: aún si hiciéramos abstracción de la abominable complicidad de la Iglesia con los proyectos dictatoriales de décadas pasadas y con los poderes fácticos del presente, ¿podría admitirse la integración de una institución como la Iglesia a proyectos de transformación social y política como los que encarnan mayoritariamente los actuales gobiernos latinoamericanos? Se trata de una institución bifronte por definición, que ancla uno de sus pies en este mundo y el otro, en un transmundo de cuyasQue grande sos reglas la Iglesia se considera exclusiva regla y árbitro. Ese carácter transmundano está resumido en el comentario de Francisco: “Si no recordamos que el centro es Cristo, nos reducimos a una ONG piadosa…” La filosofía del siglo XX respondió a esta cuestión en sentido negativo: si el hombre aspira a su emancipación individual y social, no puede estar subsumido a un trasmundo. ¿Podemos, quienes no conectamos nuestras acciones aquí y ahora con un mundo no mundano y paralelo a este, considerarnos incluidos en un proyecto común junto a los ciudadanos de esa ciudad celeste? La ideología vagamente católica más difundida en el sentido común permite a la gente agradecer todo lo bueno que tiene, o a sí misma, o a Dios, como un inconciente subterfugio para no reconocer cuánto debe a su prójimo.

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En Estigmas en la cuenta de este mundo”, Nicolás Lavagnino propone un análisis del fenómeno papista desde un punto de vista menos fáctico-político que el anterior y más cercano a la crítica del discurso público: la potencia performativa de este es lo primero que el autor constata del fenómeno Francisco y lo convence de la necesidad de desmontar sus fascinantes mecanismos de funcionamiento. Más que el propiamente bergogliano, el analizado es el discurso papal contemporáneo en general, que hunde sus raíces en la larga historia de esa institución: otra vez, quizá la más autoconsciente, debido al persistente registro de su propia historia en las innumerables formas del derecho canónico, la archivística, el arte, etc. Son tres los núcleos que señala Lavagnino: por una parte, VATICAN-RELIGION-POPE-RINGla persistente habilidad retórica del papa para producir el efecto persuasivo de la inversión de las jerarquías y hacer carne en el “hombre común” (él es uno de “nosotros”), ganando así una capilaridad territorial y cultural que todo proyecto político populista envidia; asimismo, su recurso al locus del decadentismo y la necesidad de renovación-regresión hacia un antiguo supuesto orden bueno y/o natural de las cosas. Por otra parte, el desafío de “hacer algo” (incluso, en el sentido discursivo) con su propio pasado ruinoso –tanto el de la Iglesia como el del mismo Bergoglio–: sugerencia espinosa, esta, de Lavagnino, que podríamos entender en un sentido análogo a su comprensión general del lenguaje. No hay –argumenta el autor– un “afuera” del lenguaje como artefacto social, con sus inherentes efectos de persuasión y constante transformación en la infinita circulación de emisiones y recepciones; en ese marco, y si ninguno de nosotros es idiota ni alienado por pensar y decir lo que pensamos y decimos, tampoco somos el canal de una verdad ajena al mismo aleph de circulación de sentidos. Desde esa visión, y sometida a la misma lógica, la Iglesia deberá dar fin, más temprano que tarde, a su ensordecedor silencio sobre su horrenda actuación durante la dictadura argentina y producir un discurso sobre sí misma que de algún modo le permita tramitar ese pasado.

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El punto alto del análisis de Lavagnino llega en dos momentos: primero, cuando expone la naturaleza esencialmente figurativa de identificar la estatalidad con individuos (Bush invasor, él solo, de Irak, Cristina, asesina directa de Mariano Ferreyra, Chávez, conductor omnipotente de Venezuela, etc.) y, sobre todo, la metáfora del Estado como un organismo con una intención monolítica y eficazmente dirigida. Es, precisamente, cuando las multitudes se creen ese tipo de metáforas (intervención mediática mediante), que se produce el efecto colectivo del 18A: si el Estado es un ser como nosotros (aunque parece que ni nosotros somos eso), entonces es capaz de actuar con lógica y conciencia transparentes, de dirigirse a un lugar previamente determinado y realizar perfectamente una intención supuestamente monolítica, y por lo tanto, podemos sentirnos con derecho a reclamarle hasta la rabia su incapacidad para evitar que nos maten, nos roben, etc.. El otro punto alto del análisis es cuando Lavagnino deja expuesta la naturaleza esencialmente conservadora de esa matriz que reúne discursos tan diversos como el del catolicismo papal y el marxismo: las cosas tienen un orden y lo hemos subvertido; es necesario restituirlo, sea volviendo a la antigua tabla de valores judeocristianos (volver a la armonía de lo Bello-Bueno-Verdadero), sea revelando la estructura de las relaciones de producción y alienación. Llorar por PerónEl peronismo, esa gran bestia negra, resulta en este sentido el centro de las estigmatizaciones, y por eso ni por derecha ni por izquierda pueden aún producir una nueva lectura que supere la tradicional de la impostura: el peronismo, ese impostor, ese criollísimo vivo, engaña a los trabajadores, o bien porque no hace más que amortiguar los costos de la explotación para garantizar su reproducción, o bien porque les da “el pescado en lugar de la caña de pescar”.

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Por fuera de este entrampamiento, con sus contradicciones, sus avances y retrocesos, los varios populismos latinoamericanos de esta hora están escribiendo un manual propio de acción política en el que no hay línea recta en el camino a las transformaciones, en el que, como dice la Presidenta, “la historia no se escribe con letra caligráfica”; un antimanual en el que no hay un orden antiguo que restaurar ni una verdadera estructura que desnudar, sino en el que todo resulta mucho más abierto a la praxis y también –¡ay!– a contingencias como la enfermedad y muerte de los imprescindibles o el ascenso al poder mundial de los indeseables. Mi punto de desacuerdo es cuando el análisis de Lavagnino se radicaliza (parece imposible, desde su propio planteo, que ello no ocurra) y todo resulta explicado como resultado exclusivo de la victoria o derrota de determinados discursos en su capacidad para producir efectos performativos de persuasión o disuasión. Por mi parte, pienso que la acción política contendrá, No te vi cacerolearseguramente, un cúmulo de esfuerzos, estrategias, sinsabores y triunfos en ese duro teatro, en ese juego de fuerzas en disputa por la producción de las creencias colectivas, pero no puede reducirse a ellos, al menos, desde la perspectiva del propio sujeto de la acción política. Si creyéramos que lo que creemos no es de, algún modo, cualitativa o esencialmente más válido que lo que creen nuestros adversarios; si redujéramos nuestras diferencias a nuestras respectivas trayectorias pasadas (y por tanto, a un sinnúmero de contingencias en las que no hemos intervenido: dónde hemos nacido, quién nos ha educado, de qué apologías y rechazos nos hemos alimentado) ¿no careceríamos de la enorme fuerza que se necesita para defender esas creencias y luchar por su concreción? Será, en todo caso, una necesidad subjetiva, la necesidad de una pequeña lista de principios conductores de nuestra acción, como “democratización”, “igualdad” y, por qué no, “progreso” y “libertad”. (Después de todo, la misma idea de “populismo” salió de las más recalcitrantes usinas ideológicas norteamericanas).

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Seguramente se tratará, repito, de un número muy reducido de principios, mandatos, etc.; y el resto será todo eso que tan magistralmente describe Lavagnino: persuasión y disuasión, convicción y duda, concierto y desconcierto en un ágora cada vez más abierta, pero también más influenciable por nuevos soportes de producción de sentido, especialmente, los tecnológicos. Pero, a no dudarlo, en ese cúmulo de acciones instrumentales que hacen la política diaria, no habrá otra salida que incorporar sujetos todo lo diversos que se pueda. La dimensión de lo conquistado y por conquistar, de lo que está en juego y en riesgo de perderse, así lo exige.

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Esunescándaloesunescan

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